Todo era oscuro, siniestro. No había nadie. El ambiente estaba muerto como si ya no tuviera aliento.
Este no era el mundo que quería ver ante mí. Calles destruidas y sin luz alguna. Edificios hechos cenizas con manchas de sangre por los restos de las paredes que aun quedaban en pie. Sangre, lo único con color en este mundo. El sol ya no brillaba, pasó de ser amarillo y resplandeciente a ser una esfera negra y sin brillo colocada en un cielo nublado y gris. Las estrellas ya nunca aparecían, no querían iluminar una noche tan tenebrosa nunca más.
Yo estaba sola en este mundo. Los “otros” no se podían considerar ya personas. Estaban muertos, sin vida, sin alma y con hambre, mucha hambre. Estos seres de apariencia terrorífica me perseguían siempre que me veían. Ellos no tenían el color en la piel, todo su cuerpo era color ceniza, con heridas, quemaduras, cortes… Nunca había visto alguien así hasta hoy. Sus ojos sin pupilas ni color aterrorizaban hasta a los animales. Iban como vagabundos por este mundo. Continúa leyendo este trabajo…