Era casi de noche. Caminábamos por el paseo del monte, justo al lado del banco, debajo de aquel olmo enorme que nos tapaba del escaso sol que caía al anochecer.
Una gitana joven y con buena presencia se nos acercó, a mí y a Esther , con la gracia que caracteriza su manera de hablar. Me cogió la mano, me la abrió y siguiendo con su dedo las líneas de mi palma , empezó a anunciarme un futuro lleno de esperanza: “Te casarás con un hombre guapísimo , apuesto , que te dará cuatro hijos ; dos niños y dos niñas. Esta otra, un poco más corta y desigual , nos dice que tendrás una vida llena de felicidad”.
Delante de una predicción tan esperanzadora puse la mano en el bolsillo , en el que busqué hasta encontrar la voluntad de un euro , se lo ofrecí y fue entonces cuando el panorama cambió radicalmente.
Una pequeña línea , difícil de ver a simple vista , cambiaba todas las predicciones anteriores y mi vida se convertía en desgracia tras desgracia , entre ellas se incluía no encontrar al príncipe apuesto de mis sueños ni tener hijos. ¡Mi gozo en un pozo!



