
El día 24 de agosto del año 2004, me disponía a ir de viaje con mis dos amigos de la infancia Pete y Michael. Nos íbamos a ir a las islas Bahamas, concretamente al puerto de Nassau, en un velero propiedad del padre de Michael. Estábamos muy contentos; sería nuestro primer viaje en barco. Iríamos solos, sin ningún piloto más que nosotros. Era muy emocionante y parecía una muy buena experiencia.
Partíamos del puerto de Burriana a las diez y media de la mañana. Primero pilotaba Michael, pero cuando se cansó me cedió el puesto a mí, era todo un orgullo.
Llegábamos al Estrecho de Gibraltar cuando ya eran pasadas las 4 de la madrugada. Estábamos saliendo del Mediterráneo y ya nos empezábamos a cansar de tanto barco.
Después de 6 días de travesía por el Atlántico, paramos un rato para nadar con unos delfines que parecían muy contentos de vernos por allí. Me parece que era la primera vez que veían alguna persona. El tiempo era perfecto para navegar; la temperatura era agradable y el viento soplaba a nuestro favor.
Parecía que el trayecto iba a ser estupendo, pero de pronto empezamos a ver unas nubes negras en el horizonte. A esto se unió un viento fuerte que nos empezó a preocupar. Nuestro barco empezó a perder el rumbo y empezamos a tener miedo. En una ráfaga de viento casi volcamos, pero conseguimos dominar el timón, aunque tuvimos de cambiar el rumbo.
Estuvimos toda la noche en vela intentando controlar el barco.
Cuando parecía que las nubes y la niebla empezaban a desaparecer, de pronto vimos que nos acercábamos a una isla rocosa que tenía un acantilado. Empezamos a girar el barco rápidamente, pero no lo suficiente como para esquivar una piedra puntiaguda. El velero empezó a hundirse poco a poco. Por suerte pudimos enviar mensajes a los barcos cercanos. Pudimos navegar un par de millas más para llegar a una isla desierta.
Saltamos del barco que ya se estaba hundiendo y tuvimos que nadar hasta la playa. Rápidamente construimos un campamento, con cuatro troncos y algunas hojas de palmera.
Teníamos que buscar un río o un lago para poder beber y lo encontramos después de haber estado dos días enteros sin una gota de agua.
Hicimos una hoguera para calentarnos y asar el pescado, que habíamos pescado con una caña de bambú.
Al cuarto día vimos pasar un barco de carga de contenedores. Corrimos a buscar las bengalas que habíamos guardado y las lanzamos en señal de auxilio.
El barco vio nuestras señales y nos mandaron dos lanchas para recogernos.
Nos llevaron en un helicóptero hasta una isla de las Bahamas, donde cogimos un avión de vuelta a España.
Esto ocurrió hace 65 años y ahora cuento esta anécdota a mis nietos. Recuerdo perfectamente todos los detalles y cuando me junto con mi amigo Michael terminamos siempre hablando de esto, y cuando acabamos la conversación, nos abrazamos y recordamos a Pete que por desgracia ya falleció a causa de un cáncer.




